21 de febrero de 2020

De trampa en trampa, y salto por la ventana

Este mundo nos está quedando muy bonito. Léase con ironía. Vamos de trampa en trampa, e intentamos esquivarlas como si fueran un campo de minas. No suele resultar fácil porque, por el camino, vamos perdiendo miembros y órganos. Metafóricamente. Perdemos un poco de confianza, un poco de alegría, un poco de vida…

Vamos por la primera trampa. Tienes que ser fuerte, autosuficiente, y conseguir las cosas por ti mismo. En este caso, a los hombres les venden esa moto y si buscan ayuda, son unos flojeras debiluchos. En el caso de las
mujeres, el tema es aún más divertido: como tenemos que demostrar a una estructura socioeconómica y, por supuesto, política machista, que nosotras podemos solas nos damos de cabezazos contra la propia naturaleza del ser humano, que evidentemente tiene un desarrollo individual poderoso, y además busca el bien común: ayudar y ser ayudado. Pero, además, esa estructura espera sentada comiendo pipas a que fracasemos o nos sintamos fracasadas por no llegar a las expectativas cuyo listón lo pone ese mismo patriarcado. Vamos, que a ningún revolucionario, sea hombre o mujer, le apetece entrar a jugar al recinto ferial del poder crudo y duro donde uno tiene que sacrificar su idealismo, su ilusión de tribu, comunidad o colectividad, su realización en el amor, en la espiritualidad… porque la sombra del sacrificio, el individualismo, la obligación que arroja el poder marcado por el neoliberalismo salvaje es inmensa e hipnótica.

Vamos por la segunda trampa. Si fracasas, o no te sientes satisfecho es por tu culpa. Fin. No hay más. Así que ya te puedes comer la olla todo lo que quieras averiguando por qué no has conseguido lo que querías conseguir, por qué te sientes infeliz o por qué empiezas a necesitar consumir algo, lo que sea, para poder saciar ese vacío que sientes.

Esto es así, señores y señoras: la víctima siempre es culpable. Vuelva a leerse con ironía. O cinismo. O sarcasmo. O con un tono de “no me toques los órganos”. ¿Por qué llegamos a esa conclusión siendo unos lumbreras como somos? Pues porque participamos de una maravillosa religión que dice: “si te va mal, algo has hecho mal, o algo no has hecho bien”. “Si te ha pasado algo terrible, mira a ver por qué”. Y ahí ya te acaban de colocar la culpa. Esto sí que es inteligencia 3.0. Claro, todo ocurre por alguna razón, la sepamos o no, pero cuando te ponen un cubo en la cabeza para que no veas más allá, tratarás de quitarte el cubo o de pelearte con él, pero no de averiguar quién te lo ha puesto y por qué. Muchas veces nos quedamos tratando de explicarnos qué hemos hecho mal para tener que luchar con un cubo. Y como somos mayores ya podemos distinguir entre culpa (trampa) y responsabilidad (oportunidad de resolución). Una anotación fundamental: nunca es equiparable la responsabilidad del que abusa de la responsabilidad del que es abusado. Nunca.

Vamos con la tercera trampa. El mundo de las etiquetas. No es Platón, pero es un mundo en el que nos movemos y vivimos. Todos ponemos etiquetas. Una costumbre poco constructiva si son etiquetas que definen a las personas en lugar de sus estados o las situaciones. Porque no permiten cambiar. No es amable ni hacerlo ni que nos lo hagan. Es como cuando en el cole estaba el malo, el gordo, la fea, la guapa, el gracioso, etc. Con esa etiqueta, tendemos a responder tal y como nos han etiquetado. Por eso no es justo. Todos nos merecemos la oportunidad de evolucionar y que nos vean. Asimismo, podemos dar la oportunidad, ya que es nuestra responsabilidad moral ver a los demás en movimiento, no estáticos. Es una manera de dar el permiso para que puedan, y podamos, seguir evolucionando. Por eso, si aceptamos ser víctimas, seguiremos unidos a las personas que nos han abusado, o sometido, o nos han tratado de doblegar. Porque si nos ponemos esa etiqueta, perpetuamos una jerarquía insana por completo.

Macedonia de trampas. Como la lista es larga, digamos que una serie de trampas es creernos las mentiras para ser utilizados como seres humanos al antojo del poder. Esas mentiras son variadas, pero en todas se sacrifica a la persona o grupo de personas, el amor, la justicia y la igualdad. Lo de el planeta, animales, plantas, etc. solo son recursos o estorbos. Ya se sabe que el fin justifica los medios, y los medios son míos. Son medios de producción para obtener beneficios. Y la infancia son futuros consumidores que hay que ir entrenando en que tienen que conseguir las cosas por ellos mismos, aunque sacrifiquen el amor y sus propias vidas. Y si se les puede utilizar desde que son niños, pues tanto mejor, así no hay que esperar.

El sentimiento de fracaso existencial o del sacrificio de ideales lleva a la angustia, a la pena y a la derrota. Con este panorama casi podemos anunciar el comienzo de la quincuagésima edición de los juegos del hambre. ¡Pero no! ¿De verdad está todo el pescado vendido? ¿De verdad hay que sacrificarse o hacer caso a las mentiras o a las amenazas? ¿De verdad cualquiera que vaya por la vida con su inteligencia al servicio del cerebro reptiliano tiene más poder que las auténticas mujeres y hombres revolucionarios que, además de inteligencia y cerebro reptiliano no han prescindido del corazón ni de la nobleza del alma? Evidentemente no. 

En cualquier dictadura lo que se persigue, además de la razón, la libertad del pensamiento, de expresión, de acción, etc. Es la reunión, la unión, la coordinación. Ahora se hace de manera sutil -no demasiado sutil-, pero no te pegan un tiro. Solo te aleccionan con que si no puedes solo, eres débil. Así ya podrás derrotarte a gusto y pegarte un tiro tú mismo. En cualquier dictadura te dicen: eres la víctima, sométete. Ahora, con esta pseudosutilidad, no solo creemos que somos victimas del sistema, sino que además acabamos sujetando el cartel con las dos manos, por nuestra culpa.

Por eso, es fundamental no entrar en ninguna mina antipersona, en ninguna trampa que nos saque de la libertad absoluta para realizarnos, para relacionarnos, para crear redes donde nadie se quede fuera. Por ninguna circunstancia, en ningún país, a ninguna edad, por ninguna condición de género, de religión, de estatus, de etnia. Algo nos une a todos por igual, y ese algo es la vida. Y saber eso y defenderlos nos hace invencibles.


2 comentarios: