14 de septiembre de 2015

La amargura tiene cura

Hemos pasado de “sana, sana, culito de rana…” a “esto no lo arregla ni el tato”. Y no es verdad, porque todo tiene la misma cura: el amor. Y cuando es todo, es todo. Claro está que las estrategias son diversas y de diferente envergadura. A estas alturas que nos digan “sana, sana…” nos sirve de bien poco cuando no estamos hablando de una heridita.

Ya hemos vuelto al cole. Y con nosotros toooodo eso que no hemos resuelto antes de irnos de vacaciones. Tal vez esas situaciones las hemos aparcado, o nuestro malestar ha estado aletargado, pero si estábamos amargados en junio, tiempo al tiempo, porque esa amargura rebrotará con cualquier acontecimiento desencadenante. Y si no lo estamos, es fundamental evitar que nos inoculen la amargura de que “el amor no existe”, “no hay relaciones auténticas sino de abuso” y, en definitiva, “todo acaba mal”.

Un amargado o amargada ha permitido que sus ilusiones y su amor se haya destruido y se ha derrotado. Por eso le sienta fatal que otros sigan construyendo un mundo feliz. No puede permitirlo, porque si eso es así todo su sistema de creencias se vendría abajo y tendría que reconocer que se ha derrotado y no ha luchado hasta el final.

¿Qué hacer en las situaciones en las que nos colocan en su punto de mira para destruir nuestro amor y nuestra ilusión de felicidad para todos? Defenderse. No se le puede dar poder porque en realidad no tiene poder sobre nosotros si no se lo damos. Suelen ser actos terroristas contra ilusiones. Los amargados no tienen ilusiones, han sacado esa palabra de su vocabulario y la han sustituido por otra de la que han arrancado su pureza: ambición.

Hay que tener muy presente que un amargado o amargada busca con toda su mala leche, su rencor, destruir aquello que piensa que no va a ser nunca para él o ella. Ése es su objetivo. Lo puede hacer de mil maneras y con cualquier disfraz, desde un ataque frontal, pasando por un desprecio absoluto o una soberbia que no es que mire por encima del hombro, es que se ha subido al ático del Empire para poder sentirse superior. Vamos, y si tiene un mínimo de poder (jefes, directores de banco o incluso el portero de una comunidad de vecinos si vas a echar propaganda en sus buzones) lo utilizará para buscar someter. Eso sí, estas personas se someterán a los que consideren por encima en la jerarquía de poder donde no existe la ilusión, el amor, la comprensión, la colaboración y la han sustituido por el poder crudo y duro, el trapicheo, la competición. Un panorama de caca de vaca que buscan imponer. Y va a ser que no.

Así que por nuestra grandeza y nuestros santos ovarios y huevos se les pone una barrera de aquí a Marte para que no se pasen un pelo. Se pasa de ese mal rollo, así tranquilamente y se buscan estrategias. Algunas suelen ser ir a la escala jerárquica que es lo único que respetan, y acceder a quien está por encima de ellos para denunciarlos, buscar su punto vulnerable, y pasamos a la acción. No podemos aceptar lo que buscan imponer con la excusa que sea, y que siempre es que “lo de ser feliz va a ser que no, y hay que joderse”. Por supuesto, tampoco podemos hacer de esta situación un enfrentamiento o una batalla personal porque ahí ya nos han cazado, que es precisamente lo que buscaban: apuntarse un tanto en su amargura para justificar que su posición es la única válida.

La ilusión va mucho más allá que algo puntual. Lo mismo que el amor. Llegar, llegaremos si no nos perdemos por el camino en batallas innecesarias, en guerras de poder o en defensas a ultranza de algo contra alguien. 

Cuando un amargado o amargada quiere dejar de estarlo busca la verdad y busca el amor, pero para eso primero tiene que dejar la guerra en la que se ha metido donde sólo hay víctimas, entre las que se encuentra. Y no acepta ni ese papel ni el de verdugo. Así esa transformación, esa recuperación de sí mismo pasa por reconocer que el único camino posible es el amor y ponerse a practicar, a crear y a construir. 

La amargura está recubierta de odio y pena, de desamor y de vacío existencial. Además del disfraz de soberbia también encontramos la amargura en aquellos o aquellas que van de pobrecitos y pobrecitas, de “yo no puedo”, “mira cómo sufro” o “me destruyo por tu culpa”. Vamos, violencia pasiva con la misma amargura.

¿Dónde deja un amargado su grandeza, su auténtica identidad? Lo deja en una situación bien comprometida donde no puede ni asomarse en el personaje que se ha construido dentro de la guerra de la que forma parte y tampoco puede relacionarse de verdad de forma que vive en soledad.

Cuando alguien se amarga es porque le han amargado y busca hacer lo mismo: alimentarse del sufrimiento de otros como otros se han alimentado y se alimentan del suyo. Así es la guerra.

La única salida siempre para la amargura es el amor, y para la defensa ante aquellos que se empeñan en amargar a otros es pararlos en seco. No se acepta nunca jamás una relación en la que nos quieran imponer cualquier cosa que no sea amor auténtico.

La amargura tiene cura y la "receta" siempre es volver al amor y a reconocer nuestra auténtica esencia de seres humanos en el formato hombre y mujer que buscan la felicidad para todos, incluida la nuestra.

3 comentarios:

  1. he leído algunos de tus escritos. Enhorabuena buena son muy interesan.

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  2. Muy valiente por ver la vida tal cual es, entregarte y compartirlo para crear oportunidades para los demás. Gracias. Lorena

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  3. Gracias Maite por daré ti lo mejor oara que todos solucionemos.

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