9 de noviembre de 2014

Yo mando

“Yo mando, yo decido, yo sé”. Así es como nuestro espíritu se manifiesta. Si le dejamos. Nuestro espíritu nos guía. Si nos dejamos. Esa guía no se equivoca porque nace del amor y de la buena intención. Desde ahí no hay errores graves, sólo, si acaso, pequeños desajustes de cálculo. Ésa es nuestra autoridad, no hay otra. Si somos fieles a ella y coherentes, la vida nos ayuda porque vamos a favor de nuestra esencia: la propia vida.

Ahí está el planteamiento, ahora desarrollemos este concepto.

Tenemos una autoridad única, poderosa e intransferible. Es la que nos dice por dónde ir y por dónde no; es la que nos orienta, nos ayuda a decidir, nos pone un espejo en la cara y una nitidez en el panorama que se presenta frente a nosotros; la que permite que veamos al otro realmente,
lo que lleva por dentro y por fuera; en definitiva, la que nos guía hacia la verdad. Para ello, esta autoridad debe estar conectada al espíritu, que no es ni más ni menos que la manifestación de nuestra alma. En cambio, si donde conectamos nuestra autoridad es a la sociedad, a la necesidad, al fatalismo o a cualquier otro despropósito, estamos apañados.

Cuando nos despistamos, damos nuestra autoridad al primero que pasa: a las noticias, al gobierno, al jefe, a la familia, a la situación económica, al vecino, al chico que mola de la discoteca, a la “barbie” espectacular del garito, etc. Y pasamos a ser personas de segunda categoría porque nuestra parte más importante la manejan otros.

Cuando recuperamos nuestra autoridad, recuperamos nuestros valores, nuestras ilusiones, las relaciones de verdad. Porque sabemos lo que queremos y cómo ir a por ello y reconocemos a los seres humanos como nosotros, que no se venden ni compran a otros. Entonces somos auténticos. Y no hay nada que valga más.

Entonces, ¿por qué, si suena tan bien,  ponemos tanta resistencia a ser autoridad? ¿Por qué nos cuesta tanto?

Tal vez algunos o muchos estén pensando: “Ah, pues no, yo no hago eso. Yo soy mi propia autoridad”. ¡Enhorabuena! Aunque es mejor no dar nada por sentado y profundizar más hasta llegar al fondo de la cuestión. ¿Por qué? Porque no lo ponen fácil sino todo lo contrario. Ser libre, ser revolucionario, amar por encima de todo, defender lo sagrado está absolutamente penalizado y perseguido. No nos echemos las manos a la cabeza, pero es así. Ahora no cuelgan a nadie ni lo queman en la hoguera. Todo es mucho más sofisticado: lo marginan, lo desacreditan, buscan que se desoriente, que se pierda en problemas, mentiras, que pierda el tiempo, la energía, que se desmotive y que acabe por tirar la toalla. Es una manera muy sutil de conseguir que se desconecte de su autoridad y termine por dudar de las personas, de su propio valor y hasta de la vida. Cuando esto ocurre estamos en un serio peligro y es fundamental recapitular.

Desde que somos pequeños no nos enseñan precisamente a mandar y a seguir nuestros impulsos que son sanos y legítimos. De hecho, nos orientan a todo lo contrario. A  veces por miedo a que si nos desarrollamos como líderes, como autoridad, con todo el poder que nos da la vida, terminemos por ser demonizados socialmente, y otras veces porque buscan someternos puesto que si ellos, los adultos, no lo han conseguido, no permiten que otros, con menos poder desarrollado, lo hagan. Vamos, que los buenos pierden y los malos ganan. En cualquier caso, no es por amor. Por amor uno se cura, resuelve sus daños, sus dificultades y busca que los demás hagan lo mismo. Así que eso de “yo lo hice por tu bien” vamos a dejar de tragárnoslo. Es cierto que la verdad a veces duele, pero con la verdad podemos aprender, tomar una decisión y seguir avanzando. Con la mentira nos sentimos solos y enfermamos al nivel que sea.

Después de toda esta exposición, queda hacer un resumen para quedarnos con un concepto fundamental: recuperar nuestra autoridad es urgente para vivir, para decidir sabiendo que no nos vamos a equivocar, para desarrollar y luchar por nuestras ilusiones y las de todos. Porque desde nuestra autoridad podemos decir: “todo es posible, la magia existe y tengo el poder de conseguirlo todo para todos. Y no estoy solo/a (porque reconozco a las personas que son autoridad desde su alma y me uno a ellas)”.

Por supuesto, desde la autoridad de cada uno, lo puede decir a su estilo y completar esa frase. Somos únicos e irrepetibles, de manera que enriquecemos el mundo entre todos. 

3 comentarios:

  1. Cuánta verdad, cuánto amor... Gracias Maite por volver una vez más a regalarnos tu luz y seguir de faro incandescente. Hop!

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  2. Me encanta leerte porque eres auténtica. Por eso tus palabras son limpias y claras. Por eso revelan y orientan.
    Como siempre, gracias.

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  3. Autoridad, como esa voz interna. Conectarla es maravillosa y no dar pie a las mentiras el mejor acelerador para seguir. Gracias por compartir. lorena.

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