19 de noviembre de 2014

Inaceptable

Gracias a dios, en el kit de aventura traemos a este mundo un compartimento diseñado para la sensibilidad. Un compartimento bastante amplio, todo sea dicho de paso. La piel es sensible al dolor -y a las sensaciones placenteras, claro está-, a los cambios de temperatura y a veces nos quedamos helados cuando vemos unas imágenes o escuchamos una historia. Así que la vista y el oído también forma parte de ese equipaje. Lo mismo ocurre con el olfato que va directamente al hipocampo, de tal manera que recordamos cada olor del pasado cuando ha sido emocionalmente importante. Algo parecido ocurre con los sabores. ¿Y qué podemos decir de los órganos internos? Cuando hay algo que no digerimos –situaciones, dificultades,…- el estómago, el intestino, el hígado y demás órganos se manifiestan. Incluso nos duele la cabeza.

Por hacer una síntesis, las conexiones neuronales ordenan y archivan esa información, reactivándola cuando es necesario. Resumiendo: ese compartimento es “todo nosotros”. Eso significa que somos seres sensibles, y por ello sentimos lo agradable y lo desagradable. De lo desagradable tratamos de alejarnos o de vivirlo lo menos posible, y de lo agradable buscamos tener experiencias múltiples y profundas. Vamos, lo lógico y coherente si estamos bien.

Ahora, cada uno somos de nuestro padre y de nuestra madre, así que viviremos esas situaciones de manera diferente. No a todos nos hace gracia el mismo tipo de humor, ni nos ponemos a llorar con la misma película. Por supuesto, hay básicos donde se nota el corte de patrón que tenemos.

Cada uno viene con sus valores a este mundo, sus inclinaciones para realizarse, y, por tanto, su sensibilidad para ver el mundo. Aunque luego todos seamos “sota, caballo y rey”.

Así, aunque todos, si estamos donde tenemos que estar, reaccionaremos, por ejemplo, cuando alguien ha sufrido un accidente, de motu propio nos arrancaremos en diferentes situaciones o nos sensibilizaremos con problemas diversos.

¿Dónde se nos mueve la indignación? Hay unos básicos como son la infancia –abuso, desamparo, falta de amor, robo de derechos fundamentales…-, la desigualdad de género, la inmigración, la corrupción, los desahucios, el desempleo, maltrato animal, la deforestación, la desigualdad social, la pobreza, el calentamiento global, la falta de libertad, etc. Es decir, cualquier tema o situación que nos altere la armonía y haga que se nos hinche la vena del cuello.

Hay dos tipos de indignación: una es la que se nos llevan los demonios y lo que nos sale es despotricar; la otra es la que nos moviliza de manera que no queremos ver algo así nunca más y nos hace cuestionarnos si nosotros podemos hacer algo por esa situación.

Lo mismo, ésta es la primera vez que se lo plantea uno. O lo mismo ya nos lo hemos planteado y hemos hecho algo pero nos desanimamos en su momento. En ambos casos, hay que tirarse a la piscina. ¿Por qué? Porque la indignación así, a secas, no resulta muy productiva y porque si no nos movemos ahora, no lo haremos después. Y sabemos que si no nos movemos sabiendo que existe una situación injusta, somos cómplices. A nadie le gusta ser cómplice, claro.

Además es una prueba para medir el poder y los recursos que tenemos. Cuando sabemos que no todo está perdido porque tenemos el poder legítimo de hacerlo, desarrollamos estrategias para conseguirlo y cuando lo hacemos, nos sentimos orgullosos de nosotros mismos. Si no lo conseguimos, no pasa nada, porque lo seguimos intentando, ya que sabemos que no vamos a parar.

De esta manera sí que somos un buen ejemplo para la siguiente generación y no unas tías y tíos coñazo que no hacemos más que quejarnos.

Entonces, repasemos el orden de intervención:
- Acción: situación injusta, que actúa como revulsivo.
-Reacción: indignación. Esta reacción viene de la conciencia, que nos dice cuándo hay algo que está bien y cuando no.
- Determinación: desde nuestra voluntad tomamos una decisión, que es cambiar la situación injusta, pasando de una realidad enferma a una sana. Para ello ponemos en funcionamiento nuestra mente, nuestras emociones y nuestra pasión. Todas las conciencias al servicio de la indignación.
-Resultado: no se sabe, es un misterio, pero acaba saliendo bien, como la función de Romeo y Julieta de “Shakespeare in love”. Por “bien” entendemos que nos hemos rebelado, no hemos aceptado la injusticia y cuanto menos, hemos aprendido para la próxima, o a lo mejor, incluso hemos desactivado el daño causado restituyendo la armonía a la situación. Además somos ejemplo para los demás. No es ninguna tontería, porque cuando uno empieza con fuerza, después le siguen unos cuantos más. A esto se le llama sembrar.

No todos somos médico, ni albañiles, por eso tampoco sentimos el deseo de movilizarnos por las mismas causas. El problema comienza cuando no encontramos ningún motivo para hacerlo. Tal y como está el mundo, no es muy creíble. Por eso es fundamental averiguar dónde está el bloqueo y destaponarlo. Las excusas para no hacerlo -como escribió Oliver Stone- son como los culos: cada uno tiene uno.


Siendo consecuentes con nuestra indignación, es como ponemos el mundo del derecho, que es como debe estar para seguir construyendo y disfrutando.

1 comentario:

  1. Indignarse, que no enfadarse. Por encima de la emoción la razón. Gracias. Lorena.

    ResponderEliminar