9 de agosto de 2013

Luchar por la Vida

A veces hacemos cuentas y no nos cuadran. Cuando 1+1 no son 2, nos entra una especie de frustración, de sensación de injusticia matemática. ¿Acaso las ciencias no eran exactas? La vida entonces, ¿no forma parte de esas ciencias? Al parecer no. Si A=B y A=C, no ocurre que B=C. Ni con decimales conseguimos lo que nuestro cerebro nos dice que es lo coherente.

Traduciendo estos números a letras, a palabras o a actos, entonces si luchamos por algo, no significa que lo consigamos (ni que no lo consigamos). Existen variables que no están a nuestro alcance pero eso no nos roba ni un ápice de esfuerzo, de tesón.

No importa lo que consigamos sino lo que luchemos. Se puede luchar hasta el final o hasta derrotarnos y quedarnos en el camino. Es nuestra elección. Es como en las películas (o en la literatura): admiramos y nos
enamoramos de los protagonistas por su capacidad de lucha y por el uso que hacen de todos sus valores y capacidades, de todo lo que se arriesgan al éxito. Después, queremos que se lleve el “premio”, que acabe bien, porque se lo merece y nos resulta lo más coherente del mundo. De lo contrario sería una terrible injusticia, y nuestra bondad, nuestros valores más puros no pueden concebir eso. Estamos cansados de que se lo “lleven” todo los cobardes, los egoístas, los perdidos del bien, porque –erróneamente- pensamos que les va bien. Negativo. Les va fatal pero jamás lo admitirán. No consiguen nada, porque lo roban. Se creen más listos, pero de fondo se desprecian porque no tienen la valentía de luchar por ellos mismos, sino que buscan someter mezquinamente a otros para llevarse  algo que no les pertenece: méritos, bienes materiales, poder. Sin embargo, todo eso es humo. De fondo hay un pozo oscuro al que no quieren asomarse porque el amor se ha ido de sus corazones horrorizado.

Pero volvamos a la lucha. ¿De dónde nace esa fortaleza para permanecer contra viento y marea? Del amor del alma. Porque de ahí nace todo lo más bello: el deseo de bien para todos los seres, el sentido de la justicia, de la igualdad, la ilusión de unión, de realización y de crear un mundo feliz para todos, donde nadie sufra y nadie haga sufrir.

Ese “amor del alma” está en cada uno de nosotros. En algunos casos estará desnutrido y en otros, tapado por un montón de mentiras, pero está. Y en el caso de que haya puesto pies en polvorosa viendo el percal, siempre podemos hacer que vuelva. Por lo general, todas las personas de buen corazón y que defienden esa bondad, se han despojado de la fuerza para luchar hasta el final porque en un ataque pesimista han creído que no se va conseguir nada, así que, mejor no dejarse la vida en la lucha y tratar de seguir adelante como se pueda.

Nunca está nada perdido. Lo contrario es una mentira del tamaño de una catedral. Hasta que no salen los títulos de crédito, la vida continúa. Es más, aunque salgan los créditos, en el cine hay espectadores que se van a llevar lo que ven, y muchos que necesitan ver que sí hay personas que no se rinden nunca, pase lo que pase, que no se venden jamás, porque no tienen precio (y sí un valor infinito).

Una estrategia bastante lamentable pero que ha tenido su efecto y lo sigue teniendo es que “no tenemos la suficiente fuerza para conseguir lo que nos propongamos”. ¿Cómo no vamos a tener la fuerza suficiente si somos mayoría aplastante? Es verdad que dentro de esa mayoría hay una alto grado de “borreguismo”, pero si estos ven que los que dicen tener el poder y dominar el mundo sólo tienen el poder de la mentira, tal vez dejen de tener miedo a pensar por ellos mismos y decidan luchar hasta el final siguiendo el ejemplo de los que lo hacemos.

Además, aunque no fuéramos mayoría, la verdad no es verdad porque la defiendan un mayor número de personas. La verdad es porque es. Así de claro, y no nos pertenece como si fuera un objeto, ya que es universal.

La capacidad de lucha está para descubrirla, para orientarnos a través de ella, y para alcanzar otros conceptos también universales para todos, empezando por la justicia social. Si lo conseguimos o no, tiene su importancia, pero es más importante lo que aportamos como héroes anónimos, ya que será la herencia para futuras generaciones.

Al final, en nuestro epitafio lo que podrá leer la humanidad es: “Luché hasta el final y sigo haciéndolo. Sin concesiones, sin derrotarme, poniendo siempre lo mejor para todos con una conciencia profunda sobre la verdad, el amor, la justicia, la libertad y continúo mi viaje en paz habiendo dejado una huella para los anales de la historia”. A lo mejor no es tan largo y sólo dice: “¡Brindemos por la Vida!”, pero ahí queda eso.

5 comentarios:

  1. Yo brindo por la Vida!! Gracias por permitirme estar aquí,me siento profundamente agradecido de tener tantas hijas e hijos que me necesitan,no es posible la derrota no el fracaso,no hay tiempo para eso.gracias Maite por tu alma tan bonita

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  2. Maite me admira profundamente este articulo ,has dado con una clave muy profunda.Se lo recomiendo a todo el mundo, y a ti enhorabuena.sigue asi.
    Arturo

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  3. Me identifico totalmente con lo que comunicas.Te agradezco lo claro que lo tienes y lo explicas.Me alera y sorprende gratamente saber que hay mujeres asi.Gracias
    Fermin fernandez desde Mieres (Asturias)

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  4. Siempre estare con todos los que hagan la revolucion pacifista .Veo que en España tambien estan en onda.Ademas tu escrito es muy lindo.Buena onda y chao.
    Armando Clepman

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  5. A la gente, como bien dices, les encanta los finales felices, los besos espontáneos y se alegra con lo bueno que pasa... Eso es símbolo del deseo que profundamente tenemos como un sello dentro de nosotros. Nos mueve el amor, la alegría y por eso tenemos que estar en esa sintonía aunque nos quieran hacer pasar por otra puerta. No!!!! Amor y alegría para tod@s. Gracias. Lorena.

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