7 de julio de 2012

Enorgulleciéndonos

¿Qué idea tengo de mí mismo? Responder a esta pregunta no resulta tarea sencilla. Tratamos de recordar lo que los demás nos han transmitido, si somos listos, guapos, especiales, atractivos, etc. Y toda esa información y valoración sobre nuestra persona, transmitida desde el amor es lo que conforma nuestra identidad.

Es francamente necesario que nos valoren y nos transmitan cómo nos ven para, desde ahí, sumado a nuestra propia percepción, nos sintamos seguros y vayamos por el mundo pisando fuerte, con decisión y aplomo.

Con todo eso, podemos pasar a la acción. Del “ser” al “hacer”. Si no tenemos ni idea de cómo somos o nos sentimos profundamente acomplejados, no vamos a hacer nada, o muy poco. Si el “ser” configura
nuestra identidad, el “hacer” configura nuestro orgullo, además de otras cosas.

Uno no se siente orgulloso porque le valoren desde fuera y aprecien toda la labor realizada. Se puede sentir agradecido, reconocido. Sin embargo, el orgullo nace de uno mismo, no del exterior. De hecho, a menudo suelen estar enfrentadas las visiones interior y exterior. A uno le pueden estar alabando por el maravilloso trabajo que ha realizado en el área que sea, y la persona puede estar sintiéndose fatal por un problema de perfeccionismo o de exigencia desmesurada. Y por el contrario, podemos sentirnos maravillosamente por nuestra actitud, lo que hemos construido, nuestra labor, etc. y que nadie lo aprecie, o que incluso lo desprecien.

¿Cómo sentirnos orgullosos de nosotros mismos? Sencillo. Reconociendo quiénes somos y usando nuestros valores para pasar a la acción.

El orgullo tiene como base el reconocimiento, el esfuerzo, el tesón, la constancia. Y muy lejos de ahí está la crítica destructiva, la culpa y la desvaloración.

Por supuesto que nuestros padres pueden sentirse orgullosos de nosotros. De hecho, eso nos pone muy contentos y satisfechos. Es un reconocimiento muy grande desde el amor y la igualdad, puesto que si es sincero, hemos sobrepasado a nuestros progenitores. (Precisamente, en eso consiste la evolución de la raza humana, o así debería ser: superar siempre a las generaciones anteriores evolucionando). Aunque en esa valoración externa corremos el peligro de que, al poner fuera ese sentimiento y dependamos de ello, nos hundamos en el más profundo pesimismo cuando nos lo roban.

Es imprescindible valorar lo que hacemos, cada obstáculo que superamos, y aprender de los errores. Con esas pautas y un trabajo constante, pronto comenzamos a sentir orgullo de nosotros mismos, porque maduramos, aprendemos y nos realizamos.

Nunca debemos confundir el orgullo con cualquier otro sinónimo que no lo es como autoestima, soberbia  o arrogancia. La autoestima forma parte de la identidad, no del siguiente paso, que es la acción. La arrogancia es una actitud hueca y distante y la soberbia una posición jerárquica en la que alguien se cree mejor que el resto. Por supuesto, que orgullo se identifica con amor propio cuando te hieren en él. Sin embargo, el orgullo es tenerse en buena consideración.

Sentirse orgulloso va más allá de la mera satisfacción. No es tan efímera como ésta. El orgullo te permite estar en paz contigo mismo y no entrar ni en neurosis ni en malas emociones. De hecho, cuando pasa la vida y vamos llegando al final de nuestra estancia sobre la faz de la Tierra, sentirse así es lo que nos permite trascender y no entrar en pánico implorando otra oportunidad como si esta vida fuera el bingo.

Por todo ello, desarrollar más de “todolobueno” es la clave para llenarnos los pulmones con tranquilidad y decir “¡olé yo!”.

2 comentarios:

  1. OLE YO! tengo mucho que aprender de esto que escribes. GRACIAS!! Jade

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  2. Hay que regalar valoración positiva por el mundo, porque todo el mundo tiene algo. No cortarse por vergüenza, envidia o lo que sea a regar a otros es bueno para tod@s!! Lorena.

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