7 de junio de 2012

Conectarse espiritualmente

Rezar cuando estamos fatal, como último recurso está bien. Es como cuando vemos en una película que la hija pequeña está muy enferma y la madre o el médico dice: “Sólo nos queda rezar”. Los padres se dan la mano tratando de ser fuertes y aprietan la mandíbula. Al final la niña se pone bien y toda la familia tan contenta. Eso en las pelis que molan, porque acaban bien, aunque lloremos un poco. Y no tienen que ser del género “ñoño”, sino clásicas.

Centrándonos en el tema que nos ocupa sobre la oración hay que decir que evidentemente es necesario rezar en las situaciones límite y además, está mucho mejor si lo hacemos a menudo.

Ahora después del susto de “rezar”, lo explicamos. Rezar significa conectarse desde el alma al poder superior, no jerárquico, sino inmenso. Rezar es trascender el pensamiento lógico que nos dice que no hay nada sagrado y comunicarse con el amor universal.

Rezar no es repetir una oración aprendida, es buscar respuestas, ayuda más allá de nosotros. Y es agradecerlo, por supuesto. Todo esto es desde la humildad, porque ya sabemos que somos grandes. Somos hijos e hijas de la vida, del mundo espiritual, de tal manera que llevamos su esencia pura de amor, bondad, fuerza y grandeza. Además de todos los valores que la propia vida nos ha dado para que cada uno administre, sin sentido de la propiedad.

Cuanto más nos conectemos, cuanto más recemos más podremos vivir desde ahí, desde el alma, como seres espirituales. No confundir estos términos con ser unos colgados. Es justo lo contrario: es ser lúcidos. Eso supone no entretenernos con problemas basura, no dedicarnos a sufrir ni a hacer sufrir, no darle poder al daño, a la sociedad enferma, al pesimismo, al fatalismo,… y VIVIR por encima de todo.

Uno no puede vivir si está chinado con la pasta, el curro, las relaciones, etc. y entra en un bucle de difícil salida y solución. “Mañana me pasan una factura, pero no hay dinero en el banco. No puedo pedir un adelanto porque ya lo he pedido. Lo podía pedir novio, pero claro, él no pide ni la hora. Por no pedir, no me ha pedido ni que me case con él. Si en el fondo no me quiere. Prefiere estar todo el día en sus cosas, y yo, como si no existiera. ¿Quién se cree que es? ¡Cuando venga le canto las cuarenta!”. Este comportamiento neurótico nos lleva a destruir en lugar de a resolver. Nos dejamos llevar por los pensamientos, las emociones y las pasiones y acabamos con un rodillo en la mano esperando a que entre por la puerta el novio y atizarle.

¿Qué ocurriría si en lugar de angustiarnos, enfadarnos o deprimirnos buscáramos saber la verdad y la solución a la dificultad que se nos presenta? Si no lo hacemos, entramos en barrena y acabamos con una separación traumática e innecesaria, despedidos del trabajo y con números rojo bermellón en la cuenta de “ahorro”.

Para saber qué es lo que está ocurriendo es necesario ir más allá de lo que nos dice nuestro cerebro, que a menudo nos engaña o no profundiza lo suficiente como para poder resolver. Por eso el camino es conectarse rezando, pidiendo por saber la verdad y ver cómo salir adelante construyendo. Y agradecerlo.

Todo se aprende con entrenamiento, creyendo de verdad en que lo que queremos es posible  y yendo a por ello con determinación. Si conectamos la verdad, descubrimos que somos seres humanos -en versión masculina o femenina- maravillosos que lo tienen todo para realizarse y ser felices y hacer felices a los demás. Lo que esté fuera de ahí no lo cogemos.

Rezar también es un entrenamiento. Hay libros, tradiciones, personas,… que nos pueden ayudar. Cada uno descubrirá su estilo propio. Lo importante para pedir en la oración es tener intención de bien. Con eso, la vida hace milagros, da sorpresas y lo regala todo. Dentro de la intención de bien estamos incluidos nosotros, que no podemos hacernos daño con pensamientos negativos o destructivos ni antes, ni durante, ni después de conectarnos espiritualmente bajo ningún concepto.

Las grandes respuestas a las grandes preguntas se contestan de esta manera. No hay otra. Es la herencia que nos han dejado todos nuestros antepasados, los de nuestra propia estirpe y los que han habitado este planeta antes que nosotros, y que ahora, manteniendo su intención de bien siguen guiándonos, ayudándonos y dándonos toda la fuerza de la que disponen.

Nunca estamos solos. Y las prácticas de oración, de meditación, de conexión las hicieron antes que nosotros. Recogemos el testigo para desarrollar y pasarlo a las futuras generaciones. Renegar de ello sería traicionar una parte de nosotros: la más pura, la más grande, la ilimitada. Y traicionar a la vida.

Sin soberbia, sin sufrimiento, desde nuestra pureza pedimos y agradecemos tener la oportunidad de vivir con el objetivo de realizarnos y ser felices, para lo que buscamos ayuda, y por supuesto, cuando la conectamos, la cogemos y la desarrollamos. Y la ayuda en estos momentos es que, independientemente de que nos realicemos y seamos felices, luchamos por la vida hasta la muerte.

2 comentarios:

  1. Totalmente de acuerdo. La espiritualidad es imprescindible para sobrevivir a una sociedad basada en un sistema enfermo. Con un pasado de aferrado ateísmo, puedo decir que el conectarme al TODO, a lo trascendental, nos da fuerza y claridad para seguir viviendo y buscando la verdad.

    Gracias preciosa por tu luz!

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  2. Yo he empezado recientemente a meditar diariamente y es algo que me ayuda a no perderme de la conciencia profunda que soy, más allá de lo superficial. Tus textos también me ayudan a enchufarme. Gracias!!

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