6 de mayo de 2012

Money, money, money

La falta de dinero es como una bestia que ruge en las entrañas, que hay que alimentar con paz y tranquilidad, y sobre todo con seguridad de que todo va a ir bien, antes de que te devore por dentro. Pasa de ser un gatito al monstruo de las siete cabezas si no lo paras a tiempo.

El día que fui consciente de la necesidad del dinero para conseguir las cosas fue cuando por primera vez, no disponía de él, porque ese batido de fresa con nata por encima tenía un precio. Elevado, se entiende, para la economía familiar.

Durante la infancia intentan ocultarte el miedo, la angustia de no tener dinero, de quedarse en la ruina y de que la familia sufra y pase necesidades. En ese modelo son ambos progenitores los que sufren, pero
el que sin duda se siente desposeído de todo su poder es el hombre cuando está ante esa situación.

Y ahí estaba yo, con mi padre, en una cafetería-heladería de su ciudad natal una tarde de agosto cuando me abalancé sobre el cristal de los helados señalando el batido más grande y más rosa que nunca había visto. “Lo quiero, lo quiero. ¡Ése, ése! Cómpramelo”. Mi padre se agachó despacito y con voz muy baja, intentando ocultar la gravedad de la situación me dijo: “No puede ser, no puedes pedir tantas cosas. No hay dinero. Acaba de empezar el verano y tienes que entender que no puede ser todo lo que tú quieras. No es posible”. Y ya te la han colado. Como se la colaron a él en su momento y le sembraron el miedo de no conseguir lo que necesita cuando lo necesita. Y eso hablando de necesidades. No quiero ni imaginar donde se quedan los deseos, las ilusiones y los sueños. Si no pasamos del primer nivel, difícilmente llegaremos a otros superiores de desarrollo humano.

La voz de mi padre intentaba resultar libre de preocupación, confiada, pero sonaba a todo lo contrario. Y ahí me quedé. De piedra y culpable por hacerle pasar por semejante trance. Años más tarde me enteré que el “listo” del dueño de la fábrica se fue con la pasta dejando a los obreros en una disyuntiva: sacar ellos mismos adelante una fábrica o renunciar a su puesto de trabajo y buscar otro empleo. E hicieron lo primero. Pero para eso tuvieron que pasar once años de apretarse el cinturón, once años de intentar llegar a fin de mes, de que cuadren las cuentas, de hacer encaje de bolillos en cada casa.

Y no les salió mal. De hecho consiguieron sacar adelante la familia al completo y a hijos con carreras universitarias. Sin embargo, ahí sigue la semilla de aceptar lo que haya, y sobre todo, lo que no haya. En generaciones y generaciones, eso está ahí. Que alguien haya pasado hambre sin rebelarse contra el mundo, permanece en nuestros genes. Y el miedo a quedarse sin nada, a pasar de estar dignamente en un nivel bajo a no conseguir salir adelante abre las puertas del infierno.

Por lo tanto, cuando veo la cuenta corriente con los números temblando de soledad, se me mueve el bicho del estómago. Me avisa: “cuidado, estoy despertando. Olvídate de tus sueños e ilusiones y dame de comer. Lo primero es lo primero”. Así que te olvidas del batido de fresa con nata y buscas unas lentejas. Lo malo de eso es que si uno se acostumbra y no se rebela de verdad, sin sufrir, la vida se vuelve del color de las lentejas en lugar del color del batido.

Es necesario saber que es injusto no tener dinero y que no debe ser así. Hay recursos para todos y no podemos aceptar la condena de la desigualdad y pasarlo mal. Porque se pasa mal. No vemos la manera de salir de una situación de pobreza. Lo que sí podemos hacer es rebelarnos a ser víctimas y luchar por cambiarlo para todos. Que la realidad sea así y que haya sido así en el pasado, no significa que tenga que seguir siéndolo. De hecho, es un error resignarse a ello.

Podemos ayudarnos: dar ayuda y recibirla. Si necesitas recibirla, la buscas y tomas conciencia de que tú ayudarás, ofreciendo dinero, trabajo, recursos, etc. formando una cadena.

No tener dinero no nos puede hacer sentir menos que los que sí lo tienen. Lo más probable es que nos hayan robado la oportunidad de conseguirlo, o no nos hayan enseñado cuál es nuestro valor para ofrecerlo a cambio de la remuneración adecuada.

Además, en este sistema desigual se busca que los que no tienen dinero se sientan culpables. No lo han conseguido por su culpa: porque no son listos, porque no tienen nada especial, porque son sensibles, etc. Eso ya es el colmo. Te colocan una injusticia social y te echan la culpa. Esto es una trampa sin solución porque la culpa paraliza, y la falta de poder que sentimos para cambiar esta situación nos condena.

No tenemos poco poder. Tenemos todo el poder para salir de ahí y salvarnos y ser medio de salvación para otros. Tenemos todos los recursos: la conciencia de la injusticia, la fuerza de la indignación, la valentía del amor por todos los seres –incluidos nosotros mismos- y por la vida, la lucidez de la verdad, la ilusión por cambiar el mundo, y todo eso puesto al servicio de la lucha por vivir y realizarnos.

Ser bueno no es ser pobre. Debemos aprender a defender lo que somos y lo que nos merecemos, que es todo. Ser poderoso no es ser despiadado y egoísta, es conectar nuestra grandeza y generar bienestar para todos. Que no nos confunda ningún concepto manipulado. Tenemos nuestra propia autoridad para no aceptar lo que no queremos y todo el poder para cambiarlo. Es urgente que despierte nuestra conciencia para evitar cualquier tipo de injusticia.

1 comentario:

  1. Nos la han colado por tan diversos lados que es fenomenal que alguien abra luz a las diferentes alternativas y soluciones que en realidad existen. :) Lorena.

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